JOSÉ JIMÉNEZ ARANDA, GRAN MAESTRO EN PINTURA 

Por JOSÉ MANUEL ARNAIZ

 

Durante el primer mes de este otoño puede verse en Madrid una importante exposición que reúne más de 60 de sus obras, una ocasión única para conocer la trayectoria completa del pintor en sus diferentes etapas. La organiza Arte, Información y Gestión, con motivo de la inauguración de su nueva sede en la Plaza de la Independencia.

 

 

José María de Jesús Romualdo Ricardo de la Santísima Trinidad Jiménez de Aranda Prieto y Alonso Alcocer, (Sevilla 7 de febrero de 1837-6 de agosto de 1903), hijo de un ebanista y hermano de otros dos pintores, Luis y Manuel, aunque éste "apenas pudo sobrepasar la condición de aficionado", sintió desde su más temprana infancia la vocación artística. Ingresado cuando aún no había cumplido los quince años en la Escuela de Bellas Artes de Sevilla tuvo en ella como maestros a Antonio Cabral Bejarano y más tarde a Eduardo Cano de la Peña, simultaneando sus estudios con el oficio de litógrafo. Pero, como el propio Jiménez Aranda reconocía, fue su viaje a Madrid en 1868, el que dejándole profunda huella influyó decisivamente en su personalidad artística, tras ese primer contacto con las obras de Velázquez y de Goya. 

Viaje a Madrid 

Conocido ya en la capital por las menciones honoríficas obtenidas en las Exposiciones Nacionales de 1864 y 1867, el motivo de su viaje a la Villa y Corte, no fue sino el de modificar algunos aspectos accesorios de un boceto con el tema de la Entrada de O 'Donnell en Tetuán, con el que había concurrido en un concurso privado convocado por Fernán Núñez, quien ofreció al artista su compra, pese a que el premio, consistente en la definitiva realización del cuadro, lo obtuvo Vicente Palmaroli.

Casado ese mismo año de 1868 con María de los Dolores Velázquez Mancera, decidió trasladarse a Roma en 1871, tras haber obtenido en la Nacional una medalla de tercera clase por su cuadro El lance, que poco después de clausurada aquella se vendió en Sevilla en la bastante respetable cifra de 4.000 reales. A finales de ese año, llegó a la Ciudad Eterna, meca de artistas, acompañado de su familia y de José García Ramos, su fiel discípulo y amigo. 

Comienzo de su éxito 

Allí, en aquellos momentos, era el indiscutible dueño de la situación y arbitro de gustos y triunfos artísticos, Mariano Fortuny. No sorprenderá a ningún conocedor de su arte y del de Jiménez de Aranda el hecho de que éste debiera el comienzo de su éxito al reusense. La anécdota es de obligada reproducción porque fue precisamente la adquisición de su cuadro Dios guarde al Rey de Fortuny, la causa de tal inicio y más aún el comentario del consagrado catalán: "Este hombre dibuja de una manera tal, que bien pudiera enseñar a todos". El mismo día de la compra y por carta, Fortuny hizo que el famoso coleccionista Steward comprara el cuadro, que adquiriría más tarde Don Alfonso XII.

A mediados de 1875, maestro ya del cuadro de "casacón" -Fortuny había fallecido en Roma en 1874- decide Jiménez Aranda regresar a España. Tras residir unos meses en Valencia se instala en su Sevilla natal en 1876 donde permanecerá hasta 1881. Debemos consignar el hecho curioso de que su firma habitual hasta entonces "J. Jimz. Aranda", la cambia hacia mediados de 1879 por la que usará ya toda su vida: "Jz. (entrelazadas) Aranda".

Ahora, su cuadro El guardacantón, con el que obtuvo de nuevo una tercera medalla en 1878, abre para él el mercado francés al ser presentado en la Exposición Universal de París. Los salones parisinos acogen cuadros suyos desde 1879 a 1881. Tal fue el éxito, que se hizo aconsejable su instalación en la "Ville Lumiére" que ve la llegada dei sevillano en junio. Allí permanecerá un largo período de nueve años, produciendo sus admirables cuadros. Su gran maestría es indiscutida por todos los pintores españoles que le visitan en la capital francesa. Si alguien comenta peyorativamente el aislamiento del maestro, que le hace ignorar los nuevos modos y modas del impresionismo, sus entusiastas contestan con un "¿Qué le importa todo eso a un artista que sólo hace la reproducción del siglo pasado?" A todos los salones de aquellos años -con la sola excepción del de 1883- concurre Jiménez Aranda: Al de 1882 con su Visión de fray Martín y algunos dibujos. En 1884 presenta Que viene el capitán; y Preliminares de un casamiento, en 1885 Los jugadores, en 1886 Los últimos recursos. Al año siguiente concurre con su obra maestra -Abrid, en nombre del Rey! a la que sigue en 1889, El café.

Con toda su producción no sólo vendida antes de acabada, sino incluso cuando está aún en "marcha", recibe los máximos elogios de la crítica desde Gouzien a Beruete. Es el éxito indiscutible.

Consagrado ya, regresa el pintor a España con su mujer y sus ocho hijos a principios de 1890, presentándose a la Exposición Nacional de Bellas Artes de ese mismo año, compitiendo para los galardones con tal fuste como los de Sorolla, Martínez Cubells, Regoyos, García Ramos, Meifrén, Pía, Degrain, Carbonero, Rusiñol, Galofre, Zuloaga... Lo más granado de la pintura española del momento. De las tres medallas de oro el jurado otorga a Jiménez Aranda, ¡por unanimidad!, la primera de ellas. Las otras dos fueron para Luis Álvarez y para el hoy casi olvidado Ruiz Luna. Entre los cuadros enviados a la exposición por nuestro artista figuraba La desgracia -uno de los últimos pintados en París- que vendría a iniciar nuevos modos y desde luego una nueva temática en la obra del sevillano. En él se representaba el revuelo ocasionado en una calle parisina por la muerte de un albañil, caído del inestable andamio en que trabajaba.

Con él va a abordar Jiménez Aranda una nueva etapa pictórica totalmente renovada, entrando de lleno en el "natural", buscando en su entorno vital los temas y tipos para sus cuadros. Fallecida su esposa el 28 de abril de 1892 y e!13 de mayo su hija Rosa, ambas de cólera, sintió el pintor hundirse todo su entorno, feliz y alegre hasta entonces. 

Regreso a Sevilla 

Reuniendo a sus discípulos y tras aconsejarlos que continuaran sus estudios con Joaquín Sorolla, a principios de 1893 regresó a Sevilla, desde donde siguió concurriendo a las Exposiciones Nacionales de Madrid de 1895, 1897, 1899, asi como a las de Barcelona de 1894, 1896 y 1898; a las de Berlín y Chicago de 1893, la de Viena de 1896, París 1895 y en ese mismo año a la Primera Internacional de Venecia, en 1899 a la de Pintura Española celebrada en Méjico y otra -organizada por Ramos Artal- en Buenos Aires. En 1900 la Universal de París y San Petersburgo. A todas ellas envió, no sus célebres "casacones", sino aquellos otros cuadros, más admirables aún, de ambiente realista, realizados con su técnica irreprochable. Medallas, grandes cruces, críticas ditirámbicas, admiración y reconocimiento general.

Es el último decenio de su vida, el "decenio sevillano", como lo narra su nieto y biógrafo Luis López Jiménez, más conocido por su seudónimo de Bernardino de Pantorba. Sintiéndose enfermo a finales de 1902 decidió ir a Alcalá de Guadaira, de donde regresó a Sevilla sin recobrar la salud. Agudizada su dolencia a primeros de abril de 1903, murió el 6 de mayo en su casa de la calle de San Roque nº 15.

Sobre su personalidad humana, discrepan las opiniones. Su amigo José Ramón Mélida nos le describe como de "aire grave como un antiguo personaje español, maneras Nanas y elegantes; la voz fina de singulares y graciosas inflexiones musicales; habla con deje andaluz; los movimientos de una nerviosidad que acusaba vivo temperamento, más acusado aún en el rostro, un tanto aguileño, encuadrado por barba de color castaño, con ojos grandes, claros, dulces...Moralrnente era hombre austero, modesto, reflexivo; su virtud era la sencillez y la perseverancia, sus méritos la sinceridad y la delicadeza." 

 

"De aspecto severo" 

Para su colega y paisano Mattoni era "serio como un inglés, adusto como un alemán y frío como un yanqui...Pasando como una fatídica sombra sobre nuestra riente tierra".

Y si para Aureliano de Beruete "era independiente sin afectación, noble de alma, honrado hasta la médula de sus huesos y de una caballerosidad perfecta...", para Gestoso fue "de aspecto severo".

Inicialmente influido por Eduardo Cano y su pintura histórico-realista, se verá a partir de su estancia en Roma dominando el uso del color y más tarde ya en París el habilísimo tratamiento de la luz. Todo ello presidido por sus formidables dotes de dibujante que se traslucen en todos y cada uno de sus cuadros y que hacen de Jiménez Aranda el mejor de los de su época. No sólo a través de los más de 689 soberbios que ilustran el que se dio en llamar Quijote del Centenario sino a través de los numerosísimos apuntes y estudios hechos para sus cuadros.

Si a tales dotes añadimos las de estupendo retratista, fino y atinado colorista, un preciosismo a lo Fortuny y finalmente un realismo naturista, servido por el excelso dibujo y la aguda penetración, se comprende el éxito prácticamente ininterrumpido del que gozó en vida y el casi sostenido con el que le coronó la posteridad. Desde los ya comentados Su majestad el Rey, que Dios guarde y Abrid en nombre del Rey, a Los dulces del santo de 1892 para terminar con La desgracia, La loca o A buscar fortuna o su último cuadro -inconcluso- EL Puente de Triana, es la obra de Jiménez de Aranda de una solidez y una riqueza que la hacen destacar como señera de toda su época, propia del "gran maestro en pintura" como le llamó Sorolla.

Artículo publicado en la Revista Antiquaria, Marzo 1999.